06 Aug 2015

La Puerta de Orión La Piedra más Bella de Colombia

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Turismo Ecológico

A la Puerta de Orión, en Guaviare, la llamé la piedra más bella de Colombia y no me arrepiento de ello. Piedras y rocas tene­mos por todas partes en nuestro país. Las más bellas suelen estar en los ríos y las playas donde el agua, con paciencia de siglos, y lengua mágica y delicada las va labrando, puliendo. Así las he visto, admirado y vivido (sí, vivido) en el Orinoco, el Inírida, las playas del Pacífico y el Parque Tayrona. Colombia es un paraíso de montañas, selvas, ríos, valles, flora, fauna y…piedras.

Piedras como rocas gigantescas, inmensos pare­dones, tenemos en montañas y en cañones de ríos. El famoso Cañón de Araracuara con paredes enormes; el cañón del Yarí, tan poco conocido como espectacular, que se encuentra bastante cerca de la desemboca­dura del Yarí en el Caquetá; el Cañón de El Diablo en el mismo Caquetá, de terrible y escalofriante travesía. Estos y muchos otros son inmensos paredones de roca en los ríos de la selva. Y en las montañas nuestro máximo orgullo son las gigantescas paredes de la Sierra Nevada del Cocuy, paraíso de los escaladores adictos a las llamadas Big Wall. Allí hay paredes de 700 metros de pavorosa verticalidad, como la cara oriental del pico Ritacuba Blanco (5.220 metros sobre el nivel del mar). O sea, como decimos popularmente en Colombia, por rocas y piedras maravillosas, “que no falte”.

El departamento del Guaviare atrae a los amantes de la belleza con una impresionante oferta de esce­narios naturales rocosas sembradas allí, ¿sería por gigante fabulosos? cuando la Tierra era todavía joven. Y con una ventaja además, que están lo sufi­cientemente cerca de San José de Guaviare lo que facilita los traslados y lo suficientemente lejos como para neutralizar el bullicio de la ciudad. La más bella y conocida de estas ofertas lleva el nombre genérico de Ciudades Perdidas, así las llamo yo, y Ciudad Perdida, Los Túneles, Las Murallas de Cartagena, la Puerta de Orión y los Puentes Naturales, ubicados todos en una amplia zona, no lejos unos de los otros, Ciudad Perdida parece tal en efecto. Muchas personas, incluso serias y cultas juran que fue trazada por extraterrestres. Se trata de un conjunto de rocas aglomeradas como si fueran manzanas con calles y avenidas bien trazadas; incluso la que parece ser la avenida principal tiene un separador central. Recorriendo las calles el viajero se siente como en un set de películas del jurásico o de monstruos del paleolítico.

Cerca se encuentran los llamados Túneles y lo son en verdad, pero hay algo más que los túneles. Se trata de manchas de bosques en medio de una sabana en la que se levantan por todas partes enormes piedras con formas divertidas, de monstruos, de cosas, de endriagos, de seres extraños.

Los túneles, algunos de 100 metros de largo, parece que fueron utilizados por los primitivos de la región para refugiarse. Ocasionalmente en mis viajes a esta privilegiada región los he buscado para pasar la noche. Desde los túneles se ven a una distancia de no más de dos kilómetros unos paredones que yo he llamado Las Murallas de Cartagena. En los Túneles inicio mi camino hacia la Puerta de Orión. Van conmigo Mauricio Soler y Wilfredo Garzón, compa­ñeros de muchas expediciones por la selva y las montañas. Debemos buscar la hoya del riachuelo que nos separa de las Murallas de Cartagena. El camino (no hay camino, lo vamos haciendo) nos lleva entre matorrales y piedras hermosas. Salimos al cabo de una hora a una explanada herbosa, flanqueada por unas murallas de siete metros de altura y más de 100 metros de longitud. Allí solemos pasar una noche en alguna de las muchas cuevas, de altísimos techos que hay en el bosque vecino. Y digo solemos, porque hemos pasado varias navidades y años nuevos en esta región prodigiosa, en comunión con las rocas, la noche y las estrellas. Y regresaremos a este Guaviare prodigioso las veces que la vida nos depare.

Bordeamos la masa boscosa a la que pertenecen las cuevas y las Murallas de Cartagena y por una sabana en la que se levantan algunas piedras hermosas montadas unas sobre otras en impresionantes equi­librios nos vamos aproximando a la Puerta de Orión. En mis primeros viajes a esta región aquí vivía una colonia de gallinazos, que al aproximarnos empren­dían el vuelo. No digo que tapaban la luz del sol como se lee en algunos relatos de viajeros que visitaban algunas regiones del África muy ricas en aves. No, nada de eso. Pero creo que sí había más de mil pájaros que no oscurecían el cielo pero sí dejaban un ”perfume” nada grato.

Bajando una suave pendiente vemos cómo nace un arroyuelo que rápidamente crece y que debemos cruzar para buscar el vallecito escondido donde se encuentra la Puerta de Orión.

Lo divisamos allá bajo. No podemos disimular la emoción. Hace muchos años llegué aquí por primera vez y desde entonces en artículos de prensa, de revistas, en televisión y en mis conferencias la he dado a conocer a los colombianos y en mis conferencias en el extranjero también la presento.

Se trata de tres huecos superpuestos. ¡Vaya descripción tan pedestre para un accidente pétreo tan bello! El primero llega al suelo y los otros dos se encuentran “suspendidos” en el aire. Y vista por detrás la Puerta de Orión parece, ( no parece, es) es un perfecto dinosaurio montado sobre una peana. Y todo el conjunto de la Puerta se yergue sobre un montículo adosado a paredes rocosas. Al frente está el vallecito y un bosque por el que discurre un riachuelo de aguas frescas incluso durante el verano más caluroso.

Montamos la carpa frente a la puerta y ya caída la tarde, esperamos las pinceladas del atardecer que llegó cargado de amarillos, rojos, violetas y nubarrones oscuros, una auténtica batalla sangrienta en los ámbitos del cielo.

Entrada la noche la lúgubre pero a la vez bella y monótona algarabía de los micos aulladores llenó el aire; fue una sinfonía de vida. Pasamos ¿invertimos? dos horas de la alta noche viendo cómo las estrellas atravesaban por los huecos superiores de la Puerta. Noche maravillosa cuyo silencio era roto de vez en cuando por algún crujido o mugido extraño. Nos despertó la algarabía de unos pájaros que oíamos pero no podíamos ver escondidos en el follaje del bosque.

Salimos a la carretera que comunica a San José de Guaviare con Villavicencio y allí nos esperaba Édgar Rodríguez, familiarmente llamado “El Capi” y quien nos ha hecho conocer varios lugares maravillosos del departamento. Nos llevó hasta cerca de los Puentes Naturales. Son dos, labrados en la roca por un río que corre casi invisible allá al fondo. Algunos, deliciosa­mente fantasiosos, dicen que fueron los dioses de la entraña de la Tierra los que fabricaron los Puentes. ¿Sería así? Porque si fue la erosión, vaya esfuerzo cósmico el que debió emplear para la ciclópea obra.

La imagen de La Puerta de Orión y las estrellas dibujando sus caminos ensoñadores entre las dos aberturas superiores no se borra nunca y vuelve a presentarse a mí, sugerente y hermosa, de vez en cuando en mis sueños.

Texto y fotos de Andrés Hurtado García

 

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